sábado, 8 de octubre de 2011

Siete


He aprendido: la importancia de amarse a uno mismo, de ocuparse de uno antes que de los otros, que ser fuerte no significa no mostrar debilidad sino enfrentarla, que el perdón a uno mismo es básico para ser feliz, que mis sentimientos valen, que la dignidad es la garantia de ser respetada,que perdón y olvido no son sinónimos, que estoy rodeada de amor y que tengo miles de bendiciones en mi vida. Gracias a la vida por ayudarme a entender cuanto me he negado a mi misma a ser feliz.

domingo, 8 de mayo de 2011

La tarde en que te fuiste....

En un asunto de tres siempre hay uno que sobra, me decía en silencio. No sabía quién sería el primero en irse. Por momentos me daba la impresión que eso no iba a suceder nunca, pues a veces -no sé cómo- lográbamos un extraño equilibrio entre los tres.

Una tarde de muchas que pasamos juntos, decidimos irnos a la playa a caminar. Si, fue uno de esos momentos en que los tres podíamos estar juntos sin tratar de imponernos uno sobre el otro. Creo que por eso no pude ver más allá, no pude darme cuenta que sin proponérnoslo, esa sería la última vez en que los tres estaríamos juntos.

Caminamos largo rato, en silencio, saboreando la brisa, observando el sol ocultarse en la inmensidad del mar. Hundida en mis pensamientos estaba - como es mi costumbre en estos últimos meses- cuando sentí el deseo de sentarme en la arena. Quería observar con detenimiento el momento justo en que se producía el milagro en que la luz se iba de nuestras vidas pero al mismo tiempo estaba llegando a iluminar la vida de otros miles de millones de almas. Así que me detuve y les dije: quisiera sentarme. Debo aclarar que lo dije con algo de temor, pues yo sabía que se podía romper la tregua momentánea en que estábamos sumergidos, pero me sorprendió que al unísono me respondieron: si.

Nos sentamos no muy lejos de la orilla, necesitaba llenar mis sentidos. Mis pupilas con la luz lánguida del sol al despedirse, mis oídos con el arrullo armonioso del mar, mi olfato con el olor salado y húmedo de la tarde, el tacto con la brisa, la arena, así como de las pequeñas gotas de agua que caían en mi rostro y mis papilas gustativas, con el sabor salado de mis lagrimas que al caer rozaban las comisuras de mi boca. Era vital para mi sentir que la vida era mucho más que este andar de a tres que por momentos me abrumaba.

Me encontraba en mi ritual de glotonería sensorial, cuando uno de ellos se levantó, se sacudió la arena, respiró profundo, como si fuera la última vez que lo hacia- o la primera, nunca me queda clara la diferencia- y me dijo en su tono chillón y altanero de siempre: mi trabajo esta hecho, ya vivimos lo que teníamos que vivir, quisiera darte el gusto de decirte que te has librado del todo de mi, pero de vez en cuando regresaré, aunque solo de visita, tal vez a tomarnos un café, a sentirnos, recordarnos para no olvidar el camino que hemos empezado. Y con un gestito entre infantil y presurosos nos dijo adiós mi dolor.

Me sorprendió darme cuenta, que a pesar que yo quería ponerle fin a esta tríada del demonio, sentí una mezcla de sentimientos frente a su partida- bien dicen que a todo se acostumbra el ser humano-, pero uno en particular me atrapó. Por primera vez, en mucho tiempo, sentí paz. Y así, inmersa en ese estado de euforia mezclada con incertidumbre sentí como me tomaron de la mano y una voz profunda y aterciopelada me dijo: por fin solas, tenemos tanto de que hablar. Y desde entonces ya solo estamos mi soledad y yo.

sábado, 2 de abril de 2011

El café de la tarde.

Hoy nos tomamos un café los tres: mi dolor, mi soledad y yo.

Fue una conversación superficial. De esas en donde se habla de todo, de nada y sólo se deja que el tiempo pase. Creo que el principal temor de los tres era aceptar que en este momento somos nuestra única compañía.

Mi dolor como siempre, emotivo, visceral y egocéntrico, quería acaparar toda la atención. Hablaba fuerte, soltaba alguna lágrima y decía: es que yo siento, es que no duermo, es que no sonrío, es que no disfruto, es que no sé que es sentirse feliz. En fin, todo era él.

Mi soledad, como siempre, misántropa, encerrada en su caracola tornasol, sólo hablaba con monosílabos: si, no, bien, mal, gracias. Se le notaba la incomodidad de tener que interactuar con nosotros dos. Pobre, no soporta compartir su espacio.

Y ahí estaba yo, frente a los dos, sin hablar, dando pequeños sorbos a mi café- obviamente sin azúcar, en este momento la dulzura no tiene espacio- esbozando una sonrisa lastimera- reír por no llorar- , preguntándome cómo había llegado a este punto, qué decisiones había tomado -conscientes o no- para que mi única compañía fueran mi dolor y mi soledad.

Y así, la tarde pasó. Entre el imparable deseo de mi dolor de hablar, el hastío profundo de mi soledad de tener que estar soportando tanta palabra y mi incertidumbre de no saber cómo es que llegaron a mí y que tengo que hacer ahora para que se vayan, el café se terminó.